Su nombre era Muerte de Rafael Bernal: de la historia a los mosquitos y de la ciencia ficción a la clima-ficción

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Ensayo

Rafael Bernal, nacido en 1915 en la Ciudad de México y muerto en 1972, en Berna, Suiza, es un caso muy peculiar de la literatura mexicana porque, a medida que se descubre como un gran autor, varias preguntas surgen, entre ellas la más común: ¿cómo pudimos haber ignorado a Rafael Bernal por tanto tiempo? T. W. Adorno, refriéndose a la música de Arnold Schönberg, dijo que cuando una gran obra es ilegible no se debe a que ésta haya fracasado, sino que es la historia la que ha fracasado para la obra, porque la niega, la ignora o no la comprende. En este sentido, Bernal posa preguntas que la historia no estaba preparada para responder. Por ejemplo, su novela más popular, El complot mongol, de 1969, refleja un México que Juan Rulfo, Carlos Fuentes o cualquier otro autor de la época fueron incapaces de percibir. Más que ser precursor o inventor de la novela negra mexicana, Bernal lo que fundó es una nueva forma de entender —y narrar— la realidad nacional: el complot, las conspiraciones dentro de la historia oficial, las ejecuciones extrajudiciales perpetradas bajo la sombra de políticos corruptos, la Ciudad de México como un lugar sórdido, húmedo y anónimo, la justicia como una entelequia, la psicología del asesino a sueldo, antecedente inmediato del sicario contemporáneo, como un hombre banal tal como lo definió Hannah Arendt: un hombre mutilado de juicio ético, casi modelo del ciudadano medio de hoy, que ha normalizado la maldad con total impudicia porque así se lo demanda el régimen político para el que trabaja. El caso alemán que estudió Arendt fue el teniente nazi Otto Adolf Eichman, encargado de llevar a cabo la “solución final”, y el caso de Bernal, su personaje Filiberto García, antiguo general villista de la Revolución Mexicana que hace el trabajo sucio de políticos de alto nivel.

Asimismo, existe otra obra de Bernal que plantea problemas que van desde su género hasta su interpretación. Me refiero a Su nombre era Muerte, de 1947, su segunda novela de más repercusión y en la cual quiero concentrarme. Comencemos con el género de la obra, ya que a diferencia de El complot mongol escapa de su categorización, y su contexto. Rafael Bernal, siendo muy joven, se mudó a Chiapas, estado selvático del sureste mexicano, para probar suerte en la industria platanera. La crudeza de la selva, la explotación de los indígenas locales y el fracaso de su empresa debieron haberlo marcado profundamente. Su experiencia le inspiró, además de Su nombre era Muerte, los cuentos de Trópico de 1946 y otra menos famosa novela, Caribal. El infierno verde, publicada por entregas en los años 1954-1955 y como libro hasta el año 2000; ambas obras recuerdan tonos de la novela de la selva. Asimismo, hay otro aspecto biográfico de Su nombre era Muerte que lo convierte en un libro preocupante ahora que partidos con tintes fascistas ganan elecciones en el mundo: Bernal hace una fuerte crítica del sinarquismo, movimiento del que desgraciadamente fue militante. El sinarquismo fue una organización política surgida en México en la década de 1930 que abanderaba el nacionalismo, el fascismo, el catolicismo y al anticomunismo como sus principales ejes ideológicos. La novela, en este sentido, pudiera compararse con Rebelión en la granja de George Orwell por la forma en que éste criticó duramente el estalinismo usando a animales como personajes, además que fueron publicadas con apenas dos años de diferencia, pero tal vez escritas al mismo tiempo.

El escritor mexicano Alberto Chimal, en el prólogo de la edición más reciente bajo el sello de JUS, cataloga Su nombre era Muerte como novela precursora de la ciencia ficción mexicana. Esto, a pesar de que, como el mismo Chimal acepta, no cumple con ninguna característica del género de la época: no sucede en un futuro lejano, la historia no pasa en otro planeta, tampoco hay una dominación por una tecnología avanzada, no hay robots, no hay marcianos, no hay realidades alternativas y tampoco es apocalíptica. Es ciencia ficción, dice Chimal, porque es “una especulación muy interesante sobre la posibilidad de una inteligencia no humana” (13). Sin embargo, la conciencia de los animales no es una cuestión de ficción o fantasía, es un hecho comprobado científicamente y por tanto esta definición creo que no hace justicia a la novela. Por el contrario: es la historia de un hombre que se considera a sí mismo “superior, enemigo, ofendido, lleno del deseo de venganza y con el poder bastante para realizarla” (23). Si acaso, el argumento es más fantasioso que científico, porque para lograr su objetivo necesita aprender el lenguaje del animal más peligroso del planeta: el mosquito. Para comunicarse con ellos, el protagonista estudia los zumbidos de los mosquitos (“zoofonología”) y luego diseña una flauta de madera con la que poco a poco logra articular los sonidos y zumbidos del lenguaje díptero.

El protagonista de Su nombre era Muerte es un desahuciado que en su vida antes de la selva era un “borrachín” perdedor, sufre constantes crisis internas y tiene una personalidad inestable. No tiene nombre más allá del título: los lacandones del río Usumacinta, donde se instala para huir del mundo, lo llaman Tecolote sabio, Balam bueno o Kukulcán, nombres divinos una vez que descubren que es capaz de comunicarse con los dípteros. Lejos de presentar a un héroe que lucha contra las tecnologías del poder político, vemos a un hombre ordinario que, de pronto, para llevar a cabo su venganza contra la humanidad, se ve atrapado en una conspiración milenaria orquestada por los mosquitos. Estos están organizados en una jerarquía vertical, burocrática y castrense de Consejos que a su vez dependen de un Consejo Superior; funcionan como un tipo de partido político con visiones fascistas no sólo destinadas para los humanos, sino para los de su misma especie. Al principio, el protagonista se cree capaz de manipular a los mosquitos para llevar a cabo sus planes, pero poco a poco se da cuenta que es incapaz de luchar contra la organización de aquellos. Un día, los delirios megalómanos del protagonista se ven amenazados por un grupo de exploradores alemanes que llega para estudiar a la tribu lacandona, entre ellos una mujer de la cual se enamora e intenta proteger tanto de su rival de amores como de los mosquitos, quienes lo han traicionado y ahora amenazan con matar a su amada.

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Imagen 1

A partir de este resumen, podemos darnos cuenta que Su nombre era Muerte realmente no podría catalogarse como ciencia ficción. La razón es la misma que esgrimí más arriba y porque posa cuestiones que eran casi difíciles de imaginar en la época que se publicó, pero que ahora dominan toda discusión intelectual o científica relevante, entre ellos: la extinción masiva de las especies, el cambio climático, las epidemias transmitidas por los dípteros (Zika), la sobre explotación de los recursos naturales y, por supuesto, la desigualdad con la que golpean todos estos problemas a las poblaciones, tanto humanas como animales, más vulnerables del planeta. Su nombre era Muerte, con lo enigmático y trágico de su título, es un grito primitivo cuyo eco resuena en casi todos los aspectos de nuestra vida moderna. Por tanto, al recurrir Bernal a estos elementos naturales y ambientales, cabría mejor catalogar la novela como una climate-fiction (cli-fi). Aunque este concepto, atribuido al periodista Dan Bloom, es relativamente nuevo y no existen estudios mayores sobre él aún, la escritora canadiense Margaret Atwood la incluye en la ficción especulativa, es decir una ficción preocupada por “cosas que realmente pudieran acontecer, pero que no acontecieron cuando el autor escribió el libro” (Bergthaller 3). Un ejemplo sería La sequía (1964) de J. G. Ballard y otro, que no necesariamente narra un acontecimiento del futuro sino que fue vivido por el autor, es Diario del año de la peste (1722) de Daniel Defoe. Así, la clima-ficción cuenta historias que tienen que ver con los probables escenarios distópicos —escasez de agua, de comida, epidemias, extinción de especies, virus fatídicos, etc.— que el cambio climático y sus respectivas consecuencias inspira a los escritores. Sin embargo, lejos de concebir la cli-fi como un futuro lejano y poco probable, cada vez nos damos cuenta que su actualidad en el mundo de hoy es casi innegable, de ahí que Atwood la considere dentro de la ficción especulativa. En el caso de Su nombre era Muerte, el cambio climático ayudaría a los mosquitos a conquistar nuevos territorios en el planeta en la medida que las temperaturas cálidas aumentan sus vectores de reproducción e infección (McNeill 47).

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Asimismo, el hecho de que Bernal haya escogido al mosquito como antagonista de su antihéroe no es gratuito. Sol Bueno, el mediador entre el protagonista y el Consejo Superior y cuyo oficio, por pertenecer a la “rama de los lógicos”, es saberlo todo y sacar conclusiones, explica que “nosotros los moscos somos los dueños absolutos del Universo y toda criatura en él debe pagarnos tributo de sangre que nos es necesaria para vivir” (94). Los animales han sido sometidos, pero los humanos no, dice Sol Bueno, e incluso han tenido batallas contra ellos (insecticidas, vacunas, etc.), pero recalca, “Nunca hemos sido derrotados” (94). Y esto es cierto: no ha existido en la historia de la humanidad un organismo más mortal para nuestra especie que el mosquito (véase Imagen 1) y, si atendemos las ideas de la eco-historia, también ha tenido una importancia sustancial en la  política, sociedad y economía del mundo, especialmente en América, donde su presencia abarcó casi todo el continente (véase Imagen 2). De hecho, explica Sol Bueno, los Consejos mundiales de dípteros están organizados y distribuidos por zonas geográficas que controlarán sus respectivas poblaciones humanas.

Para historiadores como J. R. McNeill, autor de Mosquito Empires: Ecology and War in the Greater Caribbean, y Charles C. Mann en su trilogía histórica sobre el llamado “intercambio colombino”, especialmente 1493, el mosquito fue una de las causas del comercio atlántico de esclavos en los siglos del colonialismo, del XVI al XIX. Atemorizados por las pandemias de malaria y fiebre amarilla, los colonizadores europeos vieron en los africanos y amerindios una herramienta desechable para trabajar las nuevas tierras americanas, en donde las pandemias cobraron miles de vidas. Como señala McNeill, en la región llamada “the Greater Caribbean” (véase mapa abajo), donde posiblemente comenzó la devastación ecológica que se ha mantenido constante hasta nuestros días, “los virus, los plasmodios, los mosquitos, los simios, los pantanos y asimismo los humanos” (2) determinaron la historia y la política de la región. Los colonizadores europeos, especialmente los españoles, con sus sistemas de producción agrícola alteraron para siempre el Gran Caribe, deforestaron grandes zonas, islas enteras como Barbados y Cuba, erosionaron los suelos e instauraron monocultivos que desestabilizaron los ecosistemas, haciendo de la zona una incubadora perfecta para el mosquito Aedes aegypti y el Anopheles quadrimaculatus, transmisores de las dos enfermedades, fiebre amarilla y malaria. Crearon, como dice McNeill, una “ecología criolla” (23) desde el Caribe, los estados orientales mexicanos, pasando por todo Centroamérica, Colombia, Venezuela hasta llegar a Chesapeake Bay, lugares en los que la extracción y explotación de recursos naturales fue implacable, y donde el mosquito fue uno de los agentes determinantes en la formación social y política de toda la región.

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Hay que clarar que esto en ningún sentido quiere decir que el mosquito haya sido la causa de la esclavitud, advierte Mann, pero sí reforzó los aciagos puntos que los comerciantes y dueños de esclavos esgrimían para justificar su existencia; en otras palabras, la malaria y fiebre amarilla fueron una herramienta más de la opresión que los europeos usaban para esclavizar a los africanos e indígenas americanos. Y no sólo eso: también fue un aparato de control político porque en algunos estados de México, por ejemplo en Chiapas, lugar de nuestra novela, los terratenientes eran los encargados de administrar las medicinas contra el virus, en este caso la quinina, la cual a veces mezclaban con bebidas alcohólicas para promover el alcoholismo, sobre todo entre hombres indígenas (este punto en la novela es muy claro). Los señores de las haciendas decidían a quién, cuándo y cómo repartir la quinina y, si acaso los indígenas se sublevaban, se les negaba. Como el antropólogo Andrew Newbold Adams señaló, “Es el control de un actor sobre el medio ambiente lo que constituye la base del poder social” (Malm 314), es decir, son las prácticas sobre ciertas formas de energía o de recursos naturales lo que constituye “una parte significativa del medio ambiente de otro actor”: un humano A es sometido por otro humano B debido al control, acceso y administración que B tiene de C, la naturaleza. Así, vemos que el medio ambiente, tal y como sucede hoy con el cambio climático que está afectando sobre todo a comunidades más precarias en países donde las corporaciones se instalan para explotar los recursos y la mano de obra barata, puede ser usado como una manera de subyugación de una raza o clase social. El mosquito, durante varios siglos, fue ese instrumento de control de un individuo A, llámese terrateniente, hacendado o colono, sobre otro individuo B, llámese este esclavo o campesino porque los mosquitos eran atraídos por el calor y el sudor de los cuerpos en movimiento cuando trabajaban en plantaciones (McNeill 48). También, el mosquito fue usado como una tecnología de guerra que ayudó en gran medida a los españoles a resguardar sus colonias de otros invasores europeos: como los españoles sobrevivientes ya habían desarrollado cierta resistencia, incluso inmunidad para la enfermedad, bastaba esperar un par de meses para que el mosquito hiciera el trabajo que los soldados no podían. En suma, concluye McNeill, “La fiebre amarilla tuvo un papel esencial en la defensa del Imperio Español” y en la perpetuación de la explotación dentro de las colonias (4).

No le hemos dado el crédito suficiente a los dípteros por su efecto en la formación de la historia humana porque, como comenta McNeill, “los mosquitos y los patógenos no dejaron memoria ni manifiestos” (7) de su existencia y propósitos. Ese manifiesto podría decirse que es Su nombre era Muerte de Bernal. En la novela los mosquitos son conscientes de ello cuando le cuentan su plan al protagonista. Básicamente, proponen disolver el orden humano del mundo, las clases sociales y las injusticias y sustituirlo con otra sociedad de control para el beneficio de todos los humanos, siempre y cuando cumplan con los tributos de sangre. A nuestro personaje principal le ofrecen el puesto de mediador, es decir el del hombre más poderoso, algo que le conviene y sopesa debido a sus ambiciones. Para lograrlo, los moscos saben que deben dar la batalla, por lo que detallan su minuta: primero una subyugación a través, precisamente, de las enfermedades transmitidas por ellos y que han usado con anterioridad como un experimento, entre ellas mencionan “el vomito negro, el paludismo o malaria, el mal del sueño, la oncocercosis y otras menores como la inflamación de la piel” (103). Después, matarán a millones de personas, especialmente a los ancianos para que no consuman recursos, y dejarán vivir a la población necesaria para que trabaje moderadamente y produzca azúcar y sangre. Instaurarán un sistema de control y vigilancia para sostener indefinidamente su régimen y reclutarán a algunos hombres para ayudarlos en la tarea. Trazan los mosquitos todo un programa colonial en el que incluso está contemplada la secularización de la civilización: no habrá más Dios. Esto, el protagonista les responde, y aquí surge el Bernal católico del sinarquismo, será lo más difícil de hacer debido a que, dice, “Nunca los hombres serán verdaderamente esclavos mientras crean en Dios. Él es el principio más firme de la libertad, y no es tan fácil como crees el quitarles esa creencia”. A lo que Sol Bueno le responde tranquilamente: “Todo se puede hacer” (126). Pero, dispuesto a no rendirse, el protagonista convence a la legión “proveedora”, la que alimenta a las élites mosqueriles, y a una legión de “guerreros” de que, si creían en Dios y si se unen a su plan para derrocar al Gran Consejo, podrían ser libres como los humanos o los demás animales (160) y además ser parte de la liberación de la humanidad entera. Al final, pierden la guerra contra el Gran Consejo, los confabuladores son eliminados y el protagonista es condenado a muerte.

Como vemos, el régimen mosqueril es muy similar al sistema colonial del siglo XVI al XIX que coincidió con el incipiente capitalismo y la esclavitud como modos de producción y en el que  la naturaleza, además de ser fin de la generación de riqueza, también es el medio de la opresión. Por esta razón es que Su nombre era Muerte debería considerarse precursora no formalmente de la ciencia ficción, sino de la clima-ficción si atendemos las palabras del influyente libro de Jason W. Moore, Capitalism in the Web of Life: “el capitalismo es más que un sistema ‘económico’, incluso más que un sistema social: el capitalismo es una forma de organizar la naturaleza” (78). Y la literatura latinoamericana puede interpretarse como uno de los grandes testimonios de la devastación planetaria acelerada por el capitalismo y la revolución industrial, lo que hoy día algunos historiadores ambientales llaman el Antropoceno (Bonneuil, Fessoz 4). La explotación estructural ha sido narrada por nuestros escritores, tal vez no desde una postura abierta y clara, pero sí intuitiva. A nosotros nos toca leer su obra con otros conceptos y otras perspectivas para dar una versión de la historia ya no en el tiempo, sino en el espacio, en un medio ambiente en el que humanos, animales, plantas y patógenos participan en la historia. Clima-ficción es el concepto que propongo para este tipo de literatura.

Bibliografía

Bergthaller, Hannes. “Cli-Fi and Petrofiction: Questioning Genre in the Anthropocene”. Amerikastudien, 2017, 62.1. 120-125.

Bernal, Rafael. Su nombre era muerte. México: Jus, 2015.

—–. Trópico. México: Jus, 2015.

—–. El complot mongol. México: Joaquín Mortiz, 2011.

Bonneuil, Christophe y Jean-Baptiste Fressoz. The Shock of the Anthropocene: The Earth, the History, and Us. Nueva York: Verso, 2017.

Crosby, Alfred. The Columbian Exchange: Biological and Cultural Consequences of 1492. Westport, CT: Praeger, 2003.

Malm, Andreas. Fossil Capital. The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming. Nueva York: Verso, 2016.

Mann, Charles C. 1493: Uncovering the New World Columbus Created. Nueva York: Vintage Books, 2011.

McNeill, J. R. Mosquito Empires: Ecology and War in the Greater Caribbean, 1620-1914. Nueva York: Cambridge UP, 2010.

Moore, Jason W. Capitalism in the Web of Life. Ecology and the Accumulation of Capital. Nueva York: Verso, 2015.


Texto leído en el XLII Congreso IILI en Bogotá, Colombia. Julio 12, 2018.

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